Ramiro's profileEl Mundo No Basta ´08PhotosBlogListsMore Tools Help

El Mundo No Basta ´08

La mesa de Cafe de Prospero93
Bienvenidos Al Mundo No Basta!!! El espace cuenta con 3 columnas de contenido; a la izquierda encontramos todo lo que tiene que ver con datos personales del autor. En la columna central (blog) se encuentra el corazón, fundamento u objetivo principal de la existencia de este space. Y la ultima columna está dedicada a comentarios y a algún que otro video o articulo que nos parezca interesante... Este sitio sera actualizado constantemente...., El único requisito para visitar el space es dejar un mensaje, por cortito que parezca es importante para mi. Por mi parte prometo responder...
No list items have been added yet.

Ramiro Fernández Suarez

Occupation
Location
Interests
 

Tema de Fondo; Biarritz- Amaral

Has puesto lo tuyo sin hablar  
Y siento que tu risa es llanto  
Cuando buscas en mi  
Dónde nunca hubo nada  
 
Colores y formas que se van  
Y un tímido lamento hispano  
Tiemblo al sentir  
Como quemas tus alas en mi.  
 
Biarritz, dormida soledad  
Lleva mis pasos hacia el mar  
Que no despierte ya,  
Que no pueda escapar  
 
Más lejos que nunca voy a estar  
Como un pálido reflejo  
Es tan difícil ya  
Que cierren mis heridas  
 
Veo colores y formas que se van  
y un tímido lamento Hispano  
Tiemblo al sentir  
Como quemas tus alas en mi.  
 
Y el tiempo aparece ante los dos  
Mi dulce muerte, mi dolor  
Como un testigo cruel  
Que se impone sin hablar  
 
Biarritz, dormida soledad  
Lleva tus pasos hacia el mar  
Que no despierte ya,  
Que no pueda escapar  
 
El tiempo aparece ante los dos  
mi dulce muerte, mi dolor  
como un testigo cruel  
que se impone sin hablar  
siento que la luz se apaga  
y sé que la vida se va  
Hasta el final,  
Aprieta hasta el final.  
 
Biarritz, dormida soledad  
Lleva tus pasos hacia el mar  
Que no despierte ya,  
Que no pueda escapar  
el tiempo aparece ante los dos  
mi dulce muerte, mi dolor  
como un testigo cruel  
que se impone sin hablar  
 
Biarritz, dormida soledad  
Lleva mis pasos hacia el mar.

Queda la Música

Miro el instante que ha fijado
la fotografía,
ríes con la timidez de quien
le avergüenza la risa.
Quince años que sujeto entre mis brazos
al compás del último disco robado.
Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Esos rostros ya no llevan nuestros nombres,
son dos máscaras perdidas en la noche,
pero, queda la música...

Siento que ese tiempo que se fue
no ha sido nunca nuestro,
como cuando te miro y no logro
recordar tu cuerpo;
no eras tú aquella insolencia de latido
que encendía mis deseos más prohibidos.
Creo que tú y yo no somos más
que dos desconocidos,
otros, dos extraños que en el tiempo
se han hecho asesinos
de esos dos niños de la fotografía
que, abrazados, van bailando por la vida,
pero, queda la música...

Llorar


Llorar es vaciarse el alma
por una quimera,
por dolor, infelicidad,
por si no volviera.
Precipitarse hacia fuera,
acuoso desden de lo imposible.
Albricias por tener
lo que es posible
enjugando con un beso
el salitre resbalado
del ser amado.
Mudo mensaje
del alma acongojada
que busca conjugar el verbo amar
al ritmo que le impone el olvido.
¡Eso es llorar!,
se los puedo asegurar
¡Porque lo he vivido!

.

Hay nena,
No sabes lo mucho que te quiero
Si en tus ojos lloro
Si tu boca no sonríe como siempre…
 
Tendrías que verme cuando nadie me ve,
Cuando las sombras se apoderan de todo
Y desaparece de mi cuerpo ese perfume áspero
Que mas que un intangible es mi defensa personal.
 
Es cierto que no exagero
En la cantidad de veces que te digo que te quiero
Pero si te venero….? Absolutamente.
 
Con sueñito (jaja Se nota_)_edited

Historias del más acá

Iba sentado en el fondo del autobús, un día de esos que por suerte uno no tiene nada que hacer salvo observar a los viajeros y escuchar sus conversaciones. El autobús se detuvo, se abrieron las puertas y subió un matrimonio mayor, él andaba con dificultad y se ayudaba de dos bastones que apoyaba en el suelo de manera inestable por lo que su anciana esposa le hacía de tercer bastón. Se sentaron en los dos asientos libres que estaban a mi lado y el autobús reinició su lenta marcha, el resto de viajeros continuó con sus historias, quejas, risas, lo típico de un lugar donde se junta tanta gente. El autobús volvió a detenerse y se subió un anciano pero de buen aspecto, alto, con su cabellera intacta, vestido completamente de negro y con un crucifijo enorme de oro colgado al pecho. Se colocó de pie a nuestro lado y no dejaba de mirar al viejo de los bastones, en un momento dado le dirigió la palabra:

- ¿Le duelen las piernas?

El anciano inválido le contestó:

- Si, desde hace muchos años.

Entonces el hombre del traje negro le dijo:

- Permítame que pose mis manos sobre sus piernas.

A lo que el anciano asintió sin decir palabra. El sanador agarró el crucifijo de oro con una mano y con la otra empezó a frotarle las piernas desde los muslos hasta los tobillos mientras entredientes parecía escuchársele una oración. El sanador pareció terminar esa especie de trance en la que había entrado, el autobús se detuvo y antes de bajar dijo con una voz grave:

-¡Levántate!

El tipo se fue y todo el autobús permaneció expectante. El chófer dejó el vehículo parado, entonces el viejo se levantó y dio unos pasos torpes para volver a sentarse. Yo no podía aguantar más la duda y le pregunté al viejo:

- ¿Le ha curado las piernas?

El viejo me miró y esbozando una leve sonrisa me dijo:

- Qué carajo va a curar este charlatán, pero había que probar ¿no?

Gran venta Gran

Época de subastas,
época de liquidaciones,
por apuro, vendo
unos ojos tristes,
no la mirada, ella aún me sirve,
vendo una nariz descomunal,
no huele tanto, no se lo crean,
vendo una boca cerrada,
no mi apetito, que no es opíparo,
vendo un par de brazos famélicos,
una pancita pequeña, es lo que hay,
vendo unas piernas flacuchentas,
más, no mis pasos, esos los atesoro,
no me han llevado por malos caminos,
vendo un ombligo sin tierra,
desde hace poco dejé de ser terrateniente,
vendo un par de orejas fantasmales,
nada escuchan, todo lo saben,
vendo una espalda bien aceitada
para que resbalen las traiciones,
vendo una lengua deslenguada
que insulta sin decir garabatos,
todo esto está de oferta,
proponga usted, todo se acepta,
mi alma se queda conmigo,
ella no está a la venta,
se la tengo ofrecida al demonio,
mis recuerdos también son valiosos,
y no son parte de esta subasta,
acuda pronto, que no faltará
el menesteroso que se interese
o la gente que anda siempre a la caza
de cuanta chuchería esté a la venta.

Faltan algunas piezas, ya lo sé,
quiero que sepan que soy honrado,
no vendo nada que sea inservible...

ALGUNOS ESTRENOS

Accede a la entrada siguiendo este enlace
 
Accede a la entrada siguiendo este enlace.
 
Accede a la entrada siguiendo este enlace.
 
Accede a la entrada siguiendo este enlace.
Accede a la entrada siguiendo este enlace.


La Mujer Afectada

El mejor lugar para reconocer a una afectada es la cocina. Es la única persona que corta medio tomate y guarda la otra mitad en un tapercito adentro de la heladera, le pone un broche al paquete de yerba, usa una bandita elástica para cerrar el paquete de galletitas y huele absolutamente todo lo que va a comer.

Además, revisa puntillosamente la fecha de vencimiento de todos los productos, va al supermercado con una lista, descarga los productos en orden sobre la cinta de la caja registradora (primero carnes y lacteos, luego verdulería, después perecederos, bebidas y limpieza) y pone los pollos y las bandejitas de carne en otra bolsita de nylon de la verdulería para evitar que alguna gota de sangre salpique la mercadería.

La afectada nunca cocina sin receta. Es incapaz de innovar o modificar la los condimentos de acuerdo a su gusto personal. No improvisa ni una ensalada. Su cocina se parece a una gran cadena de franquicias: es siempre la misma tarta, con la misma cantidad de queso y el tomate puesto en el mismo lugar. Si aprendió a hacer un plato que lleva doscientos setenta y cinco gramos de queso rallado y sólo tiene doscientos cincuenta, el menú se frustra hasta nuevo aviso.

Pero aparte de obsesiva, la afectada es supersticiosa y obediente como un empleado estatal. Tanto, que es la última mujer del mundo que todavía cumple con ciertos mitos de la gastronomía hogareña. Es la única que pone a leudar una masa todo el tiempo que indica la receta, la que deja en remojo las legumbres durante toda la noche (los demás nos olvidamos y las cocemos directamente o las ponemos en agua dos horas antes), la que espera que una torta se enfríe para probarla (las personas normales le cortamos un pedacito apenas sale del horno, nos quemamos vivas, la destrozamos y después la emparchamos con relleno), la que cree que hay bolsas especiales para freezer, y la típica ama de casa que trasvasa fideos, arroz y azúcar en frascos individuales que vuelve a llenar con el paquete original a medida que va consumiendo el contenido.

Por otro lado, la afectada lee las etiquetas de lavado de todas las prendas, refuerza la costura de los botones antes de que se caigan, repone el cepillo de dientes cada seis meses, jamás se sienta en un inodoro ajeno (incluso abre la puerta con papel higiénico en la mano), lee el manual de instrucciones antes de armar un mueble y todas las noches gira la almohada una veintena de veces hasta encontrar la mejor posición.

Cree en las ceramidas, en la placenta de tortuga, en los oligoelementos, en los productos fortificados con hierro, en el triángulo de las bermudas, en San Expedito, en las propiedades sanadoras del germen de trigo, la fórmula secreta de coca cola, y en todo lo que dicen en la televisión.

En la escuela secundaria, es muy fácil reconocer a la afectada porque tiene colores para subrayar y siempre sabe qué hay que hacer para el otro día. Pero desgraciadamente para ella, sus rituales no se mezclan nunca con la inteligencia. De hecho, en la mayoría de los casos es una burra infernal que memoriza las lecciones como un grabador de mano y pregunta —por las dudas, para estar segura— cuarenta veces por clase si ese tema va a estar en el examen, si es lo mismo comprar flauta Melos que Yamaha, y si puede usar el manual de geografía que usó su hermana el año anterior.

En la universidad, la afectada toma minuciosos y estériles apuntes de obsesiva. No escribe palabras clave ni hace cuadritos con flechas. Como una secretaria antigua, copia hasta el último artículo y la última conjunción de la lección. Es la víctima número uno de los rumores académicos sobre profesores incorruptibles y burocracia descabellada sobre el porcentaje de asistencia y otras pavadas. Se cree todo. Si le dicen que no puede entrar pasados cinco minutos de clase, piensa que de verdad le van a cerrar la puerta.

Cuando tiene un hijo, la afectada no hace nada que no haya dicho el pediatra. Lo llama cuarenta veces por día para preguntarle si puede reemplazar la zanahoria con zapallo, la manzana por banana o el yogur de vainilla por uno sin sabor. Sin embargo, su taradez no está asociada a un trastorno obsesivo. No se enferma de angustia si el nene tiene tos o llora por la noche. Simplemente no sabe ni puede imaginarse qué hacer para curarlo. No entiende. No sabe en dónde buscar. Se queda clavada en el piso.

Cada vez que sucede algo nuevo, la afectada se para como un juguete sin pilas. Para ella, todo lo que no tenga instrucciones es un agujero negro. Cada suceso, cada noticia, cada variación, es como una angustiosa caja de sorpresas que hay que mantener cerrada a cualquier precio. No vaya a ser cosa de que se abra y ella no tenga ni un tapercito, ni un broche, ni una gomita, ni una bolsita de freezer, para meterlo todo adentro de nuevo.

50 contradicciones en el Mundo femenino

 

  1. Gritar furiosa y llorar desconsoladamente durante la misma discusión.
  2. Conquistar a un mujeriego para transformarlo en un hombre de familia.
  3. Dejar a ese reluciente hombre de familia para conquistar a otro mujeriego.
  4. En una cita, insistir en pagar la mitad de la cena y no volver a salir con él si acepta la oferta.
  5. En invierno, salir con una remera diminuta y pollerita y terminar envuelta en un sweater enorme y prestado que dice "Viaje de egresados 1998".
  6. Repetir incansablemente que sólo necesitás amor, comprensión y estabilidad, y sentir repulsión por un hombre bueno y simple que te manifiesta frontalmente su devoción.
  7. Comprar modernas prendas holgadas y llenas de cachivaches que sólo otra mujer puede apreciar.
  8. Ponerse a dieta terminal para ir a un casamiento y comer como una piraña fuera de control durante toda la fiesta.
  9. Seguir pretendiendo que los hombres puedan ver lo enojada o triste que estás sin haberles contado nada.
  10. Guardar rencor y bronca durante meses y estallar porque se derramó la sal.
  11. Analizar tu vida amorosa desglosando cada frase y cada actitud de tu pareja con tus amigas pero cortar una relación si la tarotista asegura que no es el indicado.
  12. Enamorarte de un hombre casado porque es incapaz de traicionar a su mujer.
  13. Despotricar cuando un hombre pesado e insistente te corteja, y perder la cordura cuando por fin deja de hacerlo.
  14. Catalogar a una amiga sexualmente hiperactiva como “una perdida” y a una más selectiva de perdedora o lesbiana encubierta.
  15. Comprar una remera de verano en noviembre sabiendo que en enero va a estar a mitad de precio.
  16. Dejar a un hombre porque ya no te gusta y que vuelva a gustarte cuando él encuentra a otra.
  17. Ponerte ropa nueva para una cita sabiendo que un viejo vestido negro te queda mucho mejor.
  18. Hacerte la permante si tu pelo es lacio, plancharlo si está enrulado o teñirlo de rubio si es oscuro.
  19. Insistir y esperar cuando la relación está acabada hace tiempo.
  20. Morir de amor por un hombre que cría sólo a sus hijos y sentir pena por una mujer que hace lo mismo.
  21. Decir que las modelos “son demasiado flacas” mientras te tambaleás por el cuarto día de ayuno.
  22. Declarar durante todo el año que celebrar el aniversario es una estupidez y enojarte con tu pareja cuando la fecha llega y se olvida.
  23. Seducir a un hombre sabiendo con seguridad que jamás vas a dejar que te toque un pelo.
  24. Negarte a dejar los dulces para bajar el colesterol pero hacer la dieta del arroz para usar un vestido.
  25. Creer en el horóscopo en las semanas que anuncia cosas buenas.
  26. Ir a una fiesta en stilettos y tirarlos debajo de la mesa luego de quince minutos para poder bailar.
  27. Hablar de dieta con una torta en la mano y hablar de tortas cuando estás a dieta.
  28. Quejarse de que la depilación es un hábito primitivo y gritar de asco cuando tu marido dice que dejes de hacerlo.
  29. Tomar sol al mediodía untada en aceite de cocina y comprar crema antiarrugas y gel para contorno de ojos.
  30. Declamar una y otra vez fuerte e independiente que sos y simular debilidad e indefensión cuando necesitás de un hombre.
  31. Decir que no querés nada para Navidad y secretamente esperar el regalo sorpresa.
  32. Remover esos aros divinos de tus inmensas orejas alérgicas, esperar dos o tres días y volver a usarlos.
  33. Decir que “lo importante es lo de adentro” cuando tenés un novio feo, y alegar que “la piel es todo” cuando conseguiste uno lindo.
  34. Creerle al mismo hombre cuando habías jurado no volver a hacerlo.
  35. Perseguir a tu pareja para que colabore en la cocina pero echarlo por inepto en cuanto empieza a ayudar.
  36. Espiar y acechar a las compañeras de oficina más vagas e ineptas para amargarte y sufrir.
  37. Probarse ropa durante toda una tarde y salir con el primer conjunto que elegiste.
  38. Arrancarte los pelos de piernas, axilas y cavado con cera caliente o una máquina eléctrica y llorar cuando te quebrás una uña.
  39. Abandonar a tu novio porque es celoso y sentirse fea y desamparada cuando no te celan.
  40. Ser capaz de dirigir una empresa de doscientos empleados, un país de treinta millones de habitantes o una familia de doce miembros pero llamar a tu mamá cuando te duele la muela.
  41. Dejar la ropa más nueva y linda para salir cuando en realidad pasás cuarenta y ocho horas semanales en la oficina y tres o cuatro en una salida.
  42. Pellizcar bebés ajenos, pensar hasta el cansancio los nombres de tus futuros hijos, emocionarse con los embarazos de tus amigas y llorar desconsoladamente el primer día de atraso.
  43. Ir a una fiesta o reunión en la que está el hombre que te rompió el corazón.
  44. Preguntar si estás gorda para que te digan que estás flaca.
  45. Mirar comedias romáticas y melodramas al día siguiente de cortar con el amor de tu vida.
  46. Censurar a las amas de casa porque no tienen una carrera y a las que tienen una carrera porque la empleada doméstica cuida de sus hijos.
  47. Sentir discriminación si eligen a un hombre para tu puesto pero tener un derrame cerebral de ira si eligen a otra mujer.
  48. Llorar con los documentales de los animalitos de “Animal Planet” e hiperventilarse de excitación frente a una cartera de cuero.
  49. Considerar que a los sesenta años un hombre es joven, y una mujer una abuela.
  50. Bajar de peso, hacerte las uñas, broncearte y vestirte mejor cuando terminás una relación y engordar 20 kilos y ponerte el jogging, cuando empezás una.

Me puede repetir la pregunta?

Tengo un amigo zanquista que trabaja en las inauguraciones de los hipermercados, o en los actos políticos, o en las ferias y los congresos, o en cualquier lado donde hagan falta saltimbanquis. Lo contratan, él se disfraza de payaso, se sube a los zancos y empieza a hacer piruetas. Un día me dijo que lo único que le molestaba de su oficio era que siempre, siempre, se aparecía un tipo que, suponiendo ser original, le preguntaba: “Che, flaco, ¿hace frío ahí arriba?”

Hay una clase de gente, generalmente con bigotito, que sospecha todo el tiempo que está siendo original con un comentario gastado, o con una pregunta estúpida. Mi amigo zanquista me confesaba, con lágrimas en los ojos, que después de la pregunta recurrente y graciosa sobre la temperatura, el sujeto vulgar espera siempre una sonrisa, una complicidad o un guiño; y mi amigo (que es buena persona) sonríe falsamente y responde con buen humor desde hace décadas a esa clase de terrorista social. Pero se cansa el pobre, y tiene razón.

Lo triste es que no le pasa únicamente a él. Imaginemos por un segundo que nuestro apellido sea Angulo, o Mastretta, o cualquier otro que contenga en su última sílaba la tentación de una rima de mal gusto. Nunca faltará un gracioso, un comediante mediocre, que haga el chiste, siempre el mismo chiste en forma de verso, y que espere luego nuestra admiración.

En Argentina nunca me pasaba nada grave cuando decía mi nombre de pila, porque allí es un nombre habitual. Pero aquí, en España, nadie se llama como yo. Por lo tanto, desde hace cinco años escucho todo el tiempo la frase “ah, como el conquistador Cortés” cuando digo quién soy, y cada persona que me lo dice pone cara de ser la primera que lo descubre. También nos ocurre mucho, a los argentinos en el exterior, que algunos nativos mediocres intentan imitar el acento rioplatense para hacerse amigos:

Che boluuudo cómo andás viiistes —dicen, convencidos de que ésa es la forma correcta de romper el hielo, o la manera adecuada de que uno se sienta cómodo. Siempre resulta patético, pero debemos sonreir porque estamos jugando en cancha de ellos.

Cuando sonreímos sin ganas, a la fuerza o por compromiso, involucramos al músculo abductor, que es uno que está a los costados de la cara, envolviéndonos la mandíbula. Este músculo se contrae y sufre, padece una obturación contranatura ante la mediocridad de un comentario, generando calambres y ganas de que nos trague la tierra.

No quiero demonizar al imbécil, porque en su pecado reside también su castigo. El hombre mediocre, en realidad, no es un tipo ruin, ni maldito, ni hijo de una gran puta. Es un pobre diablo. Pero tiene algo sin embargo que lo convierte en maléfico: nos obliga a optar entre ser hipócritas y sonreirle la gracia, o ser mal educados y mandarlo a la mierda. No nos deja la posibilidad de salir airosos de su discurso vulgar y repetitivo. Nos pone entre la espada del careteo y la pared de la violencia.

Lo mismo les ocurre a las rubias tetonas. El hombre mediocre tiende a tocarle bocina a esta raza de señoritas. Tocar bocina no cuesta nada, y es la manera más sencilla de comprobar la vulgaridad de un varón. El hombre vulgar ve una rubia tetona por la calle, saca el brazo izquierdo por la ventanilla y con la mano derecha toca bocina. No sabemos para qué, pero lo hace. A veces también frunce los labios, como si estuviera chupando un mate invisible, y chifla.

Algunos festejan estas gracias absurdas del macho, pero pongámonos un segundo en la piel de una rubia tetona que camina diariamente un kilómetro para ir de su casa a la boutique. Esta chica escucha cien, doscientos bocinazos en su recorrido matinal. Si trabaja cinco días a la semana, podemos decir que recibe unos ocho mil bocinazos por mes, de ida y de vuelta. Lo que es igual a millón y medio de bocinazos entre su pubertad hasta que se le caen las tetas.

¿Es posible soportar semejante saña? Las rubias tetonas viven en medio de una repetición, de un bucle ensordecedor. Viven, las pobres criaturas, en un permanente atasco de tránsito. Y después nos preguntamos por qué las rubias tetonas son tontas... ¿Cómo no van a ser tontas con semejante ruido? Lo raro es que no sean sordas.

Sin embargo, la vida del hombre mediocre transcurre en paz. Él no sabe que repite eternamente un gesto, una pregunta, un chiste tonto o un comentario vulgar. No lo sabe porque, como el perro de campo, caga y se va. Pero hay gente (el pobre zanquista, el señor Angulo, el petiso con pecas que se parece a Marcelo Marcotte, el que se llama igual que un político famoso, la rubia tetona) que tiene la cabeza que le explota con la repetición interminable de una gracia.

“¿Nunca te dijeron que sos idéntico a Julio Bocca?”, escuchan algunos todo el tiempo; “Ay, ¡tu apellido se escribe igual que la marca de ginebra!” tienen que oír otros de por vida. El hombre mediocre no sabe que no hay originalidad en sus palabras. No intuye que eso que acaba de decir ya ha sido escuchado mil veces por unos oídos cansados.

Escribo con semejante rabia porque esta semana, por una carambola del destino, recibí un premio en Alemania y en mi casa el teléfono no paró de sonar durante siete días con sus noches. Periodistas de todas partes del orbe me hicieron, durante cientos de horas, las mismas tres preguntas. No un día, ni dos: sino muchos días. Uno tras otro, sin parar. Y yo les respondí estoicamente, diciendo cada vez lo mismo y poniendo cara de perro sanbernardo que todo lo soporta.

Si en una semana estuve a punto de enloquecer, no quiero pensar qué les ocurre a quienes, por una razón u otra, deben convivir con la pereza ajena durante toda la vida.

Pero debo decir que no todo está perdido: una noche, de entre la marejada de preguntas idénticas, hubo un periodista de un diario regional, humilde y desconocido, que tuvo la delicadeza y el respeto de preguntarme cosas distintas y divertidas. Quiero homenajear a ese señor que no conozco (pero que es mi amigo ya para siempre), porque fue un remanso escuchar la originalidad de sus preguntas; fue un descanso necesario en una larga escalera de peldaños idénticos.

Si todos obrásemos como este periodista, no sólo viviríamos con el músculo abductor relajado, sino que también las rubias tetonas (o al menos algunas) llegarían a Ministra del Interior.

 

Video

No content has been added yet.